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SER COMO ELLOS. EDUARDO GALEANO

  • Foto del escritor: recnoticiasciudad
    recnoticiasciudad
  • 18 abr 2021
  • 14 Min. de lectura



Los sueños y las pesadillas están hechos de los mismos materiales, pero esta pesadilla

dice ser nuestro único sueño permitido: un modelo de desarrollo que desprecia la vida y

adora las cosas.


¿Podemos ser como ellos?

Promesa de los políticos, razón de los tecnócratas, fantasía de los desamparados: el

Tercer Mundo se convertirá en Primer Mundo, y será rico y culto y feliz, si se porta bien y

si hace lo que le mandan sin chistar ni poner peros. Un destino de prosperidad

recompensará la buena conducta de los muertos de hambre, en el capítulo final de la

telenovela de la Historia. Podemos ser como ellos, anuncia el gigantesco letrero luminoso

encendido en el camino del desarrollo de los subdesarrollados y la modernización de los

atrasados.

Pero lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible, como bien decía Pedro

el Gallo, torero: si los países pobres ascendieran al nivel de producción y derroche de los

países ricos, el planeta moriría. Ya está nuestro desdichado planeta en estado de coma,

gravemente intoxicado por la civilización industrial y exprimido hasta la penúltima gota por

la sociedad de consumo.

En los últimos veinte años, mientras se triplicaba la humanidad, la erosión asesinó al

equivalente de toda la superficie cultivable de los Estados Unidos. El mundo, convertido

en mercado y mercancía, está perdiendo quince millones de hectáreas de bosque cada

año. De ellas, seis millones se convierten en desiertos. La naturaleza, humillada, ha sido

puesta al servicio de la acumulación de capital. Se envenena la tierra, el agua y el aire

para que el dinero genere más dinero sin que caiga la tasa de ganancia. Eficiente es

quien más gana en menos tiempo.

La lluvia ácida de los gases industriales asesina los bosques y los lagos del Norte del

mundo, mientras los desechos tóxicos envenenan los ríos y los mares, y al Sur la

agroindustria de exportación avanza arrasando árboles y gente. Al Norte y al Sur, al Este

y al Oeste, el hombre serrucha, con delirante entusiasmo, la rama donde está sentado.

Del bosque al desierto: modernización, devastación. En la hoguera incesante de la

Amazonia arde media Bélgica por año, quemada por la civilización de la codicia, y en toda

América Latina la tierra se está pelando y secando. En América Latina mueren veintidós

hectáreas de bosque por minuto, en su mayoría sacrificadas por las empresas que

producen carne o madera, en gran escala, para el consumo ajeno. Las vacas de Costa

Rica se convierten, en los Estados Unidos, en hamburguesas McDonald's. Hace medio

siglo, los árboles cubrían las tres cuartas partes del territorio de Costa Rica: ya son muy

pocos los árboles que quedan, y al ritmo actual de deforestación, este pequeño país será

tierra calva al fin del siglo. Costa Rica exporta carne a los Estados Unidos, y de los

Estados Unidos importa plaguicidas que los Estados Unidos prohíben aplicar sobre su

propio suelo.

Unos pocos países dilapidan los recursos de todos. Crimen y delirio de la sociedad del

despilfarro: el seis por ciento más rico de la humanidad devora un tercio de toda la

energía y un tercio de todos los recursos naturales que se consumen en el mundo. Según

revelan los promedios estadísticos, un solo norteamericano consume tanto como


cincuenta haitianos. Claro que el promedio no define a un vecino del barrio de Harlem, ni

a Baby Doc Duvalier, pero de cualquier manera vale preguntarse: ¿Qué pasaría si los

cincuenta haitianos consumieran súbitamente tanto como cincuenta norteamericanos?

¿Qué pasaría si toda la inmensa población del Sur pudiera devorar al mundo con la

impune voracidad del Norte? ¿Qué pasaría si se multiplicaran en esa loca medida los

artículos suntuarios y los automóviles y las neveras y los televisores y las usinas

nucleares y las usinas eléctricas? ¿Qué pasaría con el clima, que está ya cerca del

colapso por el recalentamiento de la atmósfera? ¿Qué pasaría con la tierra, con la poca

tierra que la erosión nos está dejando? ¿Y con el agua, que ya la cuarta parte de la

humanidad bebe contaminada por nitratos y pesticidas y residuos industriales de mercurio

y plomo? ¿Qué pasaría? No pasaría. Tendríamos que mudarnos de planeta. Éste que

tenemos, ya tan gastadito, no podría bancarlo.

El precario equilibrio del mundo, que rueda al borde del abismo, depende de la

perpetuación de la injusticia. Es necesaria la miseria de muchos para que sea posible el

derroche de pocos. Para que pocos sigan consumiendo de más, muchos deben seguir

consumiendo de menos. Y para evitar que nadie se pase de la raya, el sistema multiplica

las armas de guerra. Incapaz de combatir contra la pobreza, combate contra los pobres,

mientras la cultura dominante, cultura militarizada, bendice la violencia del poder.

El american way of life, fundado en el privilegio del despilfarro, solo puede ser practicado

por las minorías dominantes en los países dominados. Su implantación masiva implicaría

el suicidio colectivo de la humanidad.

Posible, no es. Pero, ¿sería deseable?

¿Queremos ser como ellos?

En un hormiguero bien organizado, las hormigas reinas son pocas y las hormigas obreras,

muchísimas. Las reinas nacen con alas y pueden hacer el amor. Las obreras, que no

vuelan ni aman, trabajan para las reinas. Las hormigas policías vigilan a las obreras y

también vigilan a las reinas.

La vida es algo que ocurre mientras uno está ocupado haciendo otras cosas, decía John

Lennon. En nuestra época, signada por la confusión de los medios y los fines, no se

trabaja para vivir: se vive para trabajar. Unos trabajan cada vez más porque necesitan

más que lo que consumen; y otros trabajan cada vez más para seguir consumiendo más

que lo que necesitan.

Parece normal que la jornada de trabajo de ocho horas pertenezca, en América Latina, a

los dominios del arte abstracto. El doble empleo, que las estadísticas oficiales rara vez

confiesan, es la realidad de muchísima gente que no tiene otra manera de esquivar el

hambre. Pero, ¿parece normal que el hombre trabaje como hormiga en las cumbres del

desarrollo? ¿La riqueza conduce a la libertad, o multiplica el miedo a la libertad?

Ser es tener, dice el sistema. Y la trampa consiste en que quien más tiene, más quiere, y

en resumidas cuentas las personas terminan perteneciendo a las cosas y trabajando a

sus órdenes. El modelo de vida de la sociedad de consumo, que hoy día se impone como

modelo único en escala universal, convierte al tiempo en un recurso económico, cada vez

más escaso y más caro: el tiempo se vende, se alquila, se invierte. Pero, ¿quién es el

dueño del tiempo? El automóvil, el televisor, el video, la computadora personal, el teléfono

celular y demás contraseñas de la felicidad, máquinas nacidas para ganar tiempo o para


pasar el tiempo, se apoderan del tiempo. El automóvil, pongamos por caso, no sólo

dispone del espacio urbano: también dispone del tiempo humano. En teoría, el automóvil

sirve para economizar tiempo, pero en la práctica lo devora. Buena parte del tiempo de

trabajo se destina al pago del transporte al trabajo, que por lo demás resulta cada vez

más tragón de tiempo a causa de los embotellamientos del tránsito en las babilonias

modernas.

No se necesita ser sabio en economía. Basta el sentido común para suponer que el

progreso tecnológico, al multiplicar la productividad, disminuye el tiempo de trabajo. El

sentido común no ha previsto, sin embargo, el pánico al tiempo libre, ni las trampas del

consumo, ni el poder manipulador de la publicidad. En las ciudades del Japón se trabaja

47 horas semanales desde hace veinte años. Mientras tanto, en Europa, el tiempo de

trabajo se ha reducido, pero muy lentamente, a un ritmo que nada tiene que ver con el

acelerado desarrollo de la productividad. En las fábricas automatizadas hay diez obreros

donde antes había mil; pero el progreso tecnológico genera desocupación en vez de

ampliar los espacios de libertad. La libertad de perder el tiempo: la sociedad de consumo

no autoriza semejante desperdicio. Hasta las vacaciones, organizadas por las grandes

empresas que industrializan el turismo de masas, se han convertido en una ocupación

agotadora. Matar el tiempo: los balnearios modernos reproducen el vértigo de la vida

cotidiana en los hormigueros urbanos.

Según dicen los antropólogos, nuestros ancestros del Paleolítico no trabajaban más de

veinte horas por semana. Según dicen los diarios, nuestros contemporáneos de Suiza

votaron, a fines de 1988, un plebiscito que proponía reducir la jornada de trabajo a

cuarenta horas semanales: reducir la jornada, sin reducir los salarios. Y los suizos votaron

en contra.

Las hormigas se comunican tocándose las antenas. Las antenas de la televisión

comunican con los centros de poder del mundo contemporáneo. La pantalla chica nos

ofrece el afán de propiedad, el frenesí del consumo, la excitación de la competencia y la

ansiedad del éxito, como Colón ofrecía chucherías a los indios. Exitosas mercancías. La

publicidad no nos cuenta, en cambio, que los Estados Unidos consumen actualmente,

según la Organización Mundial de la Salud, casi la mitad del total de drogas

tranquilizantes que se venden en el planeta. En los últimos veinte años, la jornada de

trabajo aumentó en los Estados Unidos. En ese período, se duplicó la cantidad de

enfermos de stress.


La ciudad como cámara de gas

Un campesino vale menos que una vaca y más que una gallina, me informan en

Caaguazú, en el Paraguay. Y en el nordeste del Brasil: Quien planta no tiene tierra, quien

tiene tierra no planta.

Nuestros campos se vacían, las ciudades latinoamericanas se hacen infiernos grandes

como países. La ciudad de México crece a un ritmo de medio millón de personas y treinta

kilómetros cuadrados por año: ya tiene cinco veces más habitantes que toda Noruega. De

aquí a poco, al fin del siglo, la capital de México y la ciudad brasileña de San Pablo serán

las ciudades mayores del mundo.

Las ciudades del Sur del planeta son como las grandes ciudades del Norte, pero vistas en

un espejo deformante. La modernización copiona multiplica los defectos del modelo. Las


capitales latinoamericanas, estrepitosas, saturadas de humo, no tienen carriles para

bicicletas ni filtros para gases tóxicos. El aire limpio y el silencio son artículos tan raros y

tan caros que ya ni los ricos más ricos pueden comprarlos.

En el Brasil, la Volkswagen y la Ford fabrican automóviles sin filtros para vender en el

Brasil y en los demás países del Tercer Mundo. En cambio, esas mismas filiales

brasileñas de Volkswagen y Ford producen automóviles con filtros (convertidores

catalíticos) para vender en el Primer Mundo. La Argentina produce gasolina sin plomo

para la exportación. Para el mercado interno, en cambio, produce gasolina venenosa. En

toda América Latina, los automóviles tienen la libertad de vomitar plomo por los caños de

escape. Desde el punto de vista de los automóviles, el plomo eleva el octanaje y aumenta

la tasa de ganancia. Desde el punto de vista de las personas, el plomo daña el cerebro y

el sistema nervioso. Los automóviles, dueños de las ciudades, no escuchan a los intrusos.

Año 2000, recuerdos del futuro: gente con máscaras de oxígeno, pájaros que tosen en

vez de cantar, árboles que se niegan a crecer. Actualmente, en la ciudad de México se

ven carteles que dicen: Se ruega no molestar los maros y Favor de no azotar la puerta.

Todavía no hay carteles que digan: Se recomienda no respirar. ¿Cuánto demorarán en

aparecer esas advertencias a la salud pública? Los automóviles y las fábricas regalan a la

atmósfera, cada día, once mil toneladas de gases y humos enemigos. Hay una niebla de

mugre en el aire, ya los niños nacen con plomo en la sangre y en más de una ocasión han

llovido pájaros muertos sobre la ciudad que era, en tiempos, no tan lejanos, la región más

transparente del aire. Ahora el cóctel de monóxido de carbono, bióxido de azufre y óxido

de nitrógeno llega a ser tres veces superior al máximo tolerable para los seres humanos.

¿Cuál será el máximo tolerable para los seres urbanos?

Cinco millones de automóviles: la ciudad de San Pablo ha sido definida como un enfermo

en vísperas del infarto. Una nube de gases la enmascara. Sólo los domingos se puede

ver, desde las afueras, a la ciudad más desarrollada del Brasil. En las avenidas del centro,

los carteles luminosos advierten cada día a la población:

Calidad del aire: ruin.

Según las estaciones medidoras, el aire estuvo sucio o muy sucio durante 323 días del

año 1986.

En junio de 1989, Santiago de Chile disputó con las ciudades de México y San Pablo, en

unos días sin lluvia ni viento, el campeonato mundial de contaminación. El cerro San

Cristóbal, en pleno centro de Santiago, no se veía, oculto tras una máscara de smog. El

naciente gobierno democrático de Chile impuso algunas mínimas medidas contra las

ochocientas toneladas de gases que cada día se incorporan al aire de la ciudad. Entonces

los automóviles y las fábricas pusieron el grito en el cielo: esas limitaciones violaban la

libertad de empresa y lastimaban el derecho de propiedad. La libertad del dinero, que

desprecia la libertad de los demás, había sido ilimitada durante la dictadura del general

Pinochet, y había hecho una valiosa contribución al envenenamiento general. El derecho

de contaminar es un incentivo fundamental para la inversión extranjera, casi tan

importante como el derecho de pagar salarios enanos. Y al fin y al cabo, el general

Pinochet nunca había negado a los chilenos el derecho de respirar mierda.

La ciudad como cárcel


La sociedad de consumo, que consume gente, obliga a la gente a consumir, mientras la

televisión imparte cursos de violencia a letrados y analfabetos. Los que nada tienen

pueden vivir muy lejos de los que tienen todo, pero cada día los espían por la pantalla

chica. La televisión exhibe el obsceno derroche de la fiesta del consumo y a la vez enseña

el arte de abrirse paso a tiros.

La realidad imita a la tele, la violencia callejera es la continuación de la televisión por otros

medios. Los niños de la calle practican la iniciativa privada en el delito, que es el único

campo donde pueden desarrollarla. Sus derechos humanos se reducen a robar y a morir.

Los cachorros de tigre, abandonados a su suerte, salen de cacería. En cualquier esquina

pegan el zarpazo y huyen. La vida acaba temprano, consumida por el pegamento y otras

drogas buenas para engañar el hambre y el frío y la soledad; o acaba la vida cuando

alguna bala la corta en seco.

Caminar por las calles de las grandes ciudades latinoamericanas, se está convirtiendo en

una actividad de alto riesgo. Quedarse en casa, también. La ciudad como cárcel: quien no

está preso de la necesidad está preso del miedo. Quien tiene algo, por poco qué sea, vive

bajo estado de amenaza, condenado al pánico del próximo asalto. Quien tiene mucho,

vive encerrado en las fortalezas de la seguridad. Los grandes edificios y conjuntos

residenciales son castillos feudales de la era electrónica. Les falta el foso de los

cocodrilos es verdad, y también les falta la majestuosa belleza de los castillos de la Edad

Media, pero tienen grandes rejas levadizas, altas murallas, torres de vigía y guardias

armados.

El Estado, que ya no es paternalista sino policial, no practica la caridad. Pertenecen a la

antigüedad los tiempos aquellos de la retórica sobre la domesticación de los descarriados

a través de las virtudes del estudio y del trabajo. En la época de la economía de mercado,

las crías humanas sobrantes se eliminan por hambre o tiro. Los niños de la calle, hijos de

la mano de obra marginal, no son ni pueden ser útiles a la sociedad. La educación

pertenece a quienes pueden pagarla; la represión se ejerce contra quienes no pueden

comprarla.

Según el New York Times, entre enero y octubre de 1990, la policía asesinó más de

cuarenta niños en las calles de la ciudad de Guatemala. Los cadáveres de los niños,

niños mendigos, niños ladrones, niños hurgadores de basura, aparecieron sin lenguas, sin

ojos, sin orejas, tirados en los basurales. Según Amnesty International, durante 1989

fueron ejecutados 457 niños y adolescentes en las ciudades brasileñas de Río de Janeiro,

San Pablo y Recife. Esos crímenes, cometidos por los Escuadrones de la Muerte y otras

fuerzas del orden parapolicial, no han ocurrido en las áreas rurales atrasadas, sino en las

más importantes ciudades del Brasil: no han ocurrido donde el capitalismo falta, sino

donde sobra. La injusticia social y el desprecio por la vida crecen con el crecimiento de la

economía.

En países donde no hay pena de muerte, se aplica cotidianamente la pena de muerte en

defensa del derecho de propiedad. Y los fabricantes de opinión suelen hacer la apología

del crimen. A mediados de 1990, en la ciudad de Buenos Aires, un ingeniero mató a

balazos a dos jóvenes ladrones que huían con el pasacasetes de su automóvil. Bernardo

Neustadt, el periodista argentino más influyente, comentó en la televisión: Yo hubiera

hecho lo mismo. En las elecciones brasileñas de 1986, Afanásio Jazadji ganó un puesto

de diputado en el estado de San Pablo. Él fue uno de los diputados más votados en toda

la historia de ese estado. Jazadji había conquistado su inmensa popularidad desde los

micrófonos de la radio. Su programa defendía a gritos a los Escuadrones de la Muerte y

predicaba la tortura y el exterminio de los delincuentes.


En la civilización del capitalismo salvaje, el derecho de propiedad es más importante que

el derecho a la vida. La gente vale menos que las cosas. Resulta revelador, en este

sentido, el caso de las leyes de impunidad. Las leyes que absolvieron al terrorismo de

Estado ejercido por las dictaduras militares, en los tres países del Sur, perdonaron el

crimen y la tortura, pero no perdonaron los delitos contra la propiedad (Chile: decreto-ley

2191, en 1978; Uruguay: Ley 15848, en 1986; Argentina: Ley 23521, en 1987).

El «costo social» del Progreso

Febrero de 1989, Caracas. Sube a las nubes, de golpe, el precio del boleto, se multiplica

por tres el precio del pan y estalla la furia popular: en las calles quedan tendidos

trescientos muertos, o quinientos, o quién sabe.

Febrero de 1991, Lima. La peste del cólera ataca las costas de Perú, se ensaña sobre el

puerto de Chimbote y los suburbios miserables de la ciudad de Lima y mata a cien en

pocos días. En los hospitales no hay suero ni sal. El ajuste económico del gobierno ha

desmantelado lo poco que quedaba de la salud pública y ha duplicado, en un santiamén,

la cantidad de peruanos en estado de pobreza crítica, que ganan por debajo del salario

mínimo. El salario mínimo es de 45 dólares por mes.

Las guerras de ahora, guerras electrónicas, ocurren en pantallas de videogame. Las

víctimas no se oyen ni se ven. La economía de laboratorio tampoco escucha ni ve a los

hambrientos, ni a la tierra arrasada. Las armas de control remoto matan sin

remordimientos. La tecnocracia internacional, que impone al Tercer Mundo sus programas

de desarrollo y sus planes de ajuste, también asesina desde afuera y desde lejos.

Hace ya más de un cuarto de siglo que América Latina viene desmantelando los débiles

diques opuestos a la prepotencia del dinero. Los banqueros acreedores han

bombardeado esas defensas, con las certeras armas de la extorsión, y los militares o

políticos gobernantes han ayudado a derrumbarlas, dinamitándolas por dentro. Así van

cayendo, una tras otra, las barreras de protección alzadas, en otros tiempos, desde el

Estado. Y ahora el Estado está vendiendo las empresas públicas nacionales a cambio de

nada, o peor que nada, porque el que vende, paga. Nuestros países entregan las llaves y

todo lo demás a los monopolios internacionales, ahora llamados factores de formación de

precios, y se convierten en mercados libres. La tecnocracia internacional, que nos enseña

a dar inyecciones en patas de palo, dice que el mercado libre es el talismán de la riqueza.

¿Por qué será que los países ricos, que lo predican, no lo practican? El mercado libre,

humilladero de los débiles, es el más exitoso producto de exportación de los fuertes. Se

fabrica para consumo de los países pobres. Ningún país rico lo ha usado jamás.

Talismán de la riqueza, ¿para cuántos? Datos oficiales de Uruguay y Costa Rica, los

países donde menos ardían, antes, las contradicciones sociales: ahora uno de cada seis

uruguayos vive en extrema pobreza, y son pobres dos de cada cinco familias

costarricenses. El dudoso matrimonio de la oferta y la demanda, en un mercado libre que

sirve al despotismo de los poderosos, castiga a los pobres y genera una economía de

especulación. Se desalienta la producción, se desprestigia el trabajo, se diviniza el

consumo. Se contemplan las pizarras de las casas de cambio como si fueran pantallas de

cine, se habla del dólar como si fuera persona:

—¿Y cómo está el dolar?


La tragedia se repite como farsa. Desde los tiempos de Cristóbal Colón, América Latina

ha sufrido como tragedia propia el desarrollo capitalista ajeno. Ahora lo repite como farsa.

Es la caricatura del desarrollo: un enano que simula ser niño.

La tecnocracia ve números y no ve personas, pero sólo ve los números que le conviene

mirar. Al cabo de este largo cuarto de siglo, se celebran algunos éxitos de la

modernización. El milagro boliviano, pongamos por caso, cumplido por obra y gracia de

los capitales del narcotráfico: el ciclo del estaño se acabó, y con la caída del estaño se

vinieron abajo los centros mineros y los sindicatos obreros mas peleones de Bolivia: ahora

el pueblo de Llallagua, que no tiene agua potable, cuenta con una antena parabólica de

televisión en lo alto del cerro del Calvario. O el milagro chileno, debido a la varita mágica

del general Pinochet, exitoso producto que se está vendiendo, en pócimas, en los países

del Este. Pero, ¿cuál es el precio del milagro chileno? ¿Y quiénes son los chilenos que lo

han pagado y lo pagan? ¿Quiénes serán los polacos y los checos y los húngaros que lo

pagarán? En Chile, las estadísticas oficiales proclaman la multiplicación de los panes y a

la vez confiesan la multiplicación de los hambrientos. Canta victoria el gallo. Este cacareo

es sospechoso. ¿No se le habrá subido el fracaso a la cabeza? En 1970, había un 20 por

ciento de chilenos pobres. Ahora hay un 45 por ciento.

Las cifras confiesan, pero no se arrepienten. Al fin y al cabo, la dignidad humana depende

del cálculo de costos y beneficios, y el sacrificio del pobrería no es más que el costo social

del Progreso.

¿Cuál sería el valor de ese costo social, si pudiera medirse? A fines de 1990, la revista

Stern hizo una cuidadosa estimación de los daños producidos por el desarrollo en la

Alemania actual. La revista evaluó, en términos económicos, los perjuicios humanos y

materiales derivados de los accidentes de autos, los congestionamientos del tránsito, la

contaminación del aire, del agua y de los alimentos, el deterioro de los espacios verdes y

otros factores, y llegó a la conclusión de que el valor de los daños equivale a la cuarta

parte de todo el producto nacional de la economía alemana. La multiplicación de la

miseria no figuraba, obviamente, entre esos daños, porque hace ya unos cuantos siglos

que Europa alimenta su riqueza con la pobreza ajena, pero sería interesante saber hasta

dónde podría llegar una evaluación semejante, si se aplicara a las catástrofes de la

modernización en América Latina. Y hay que tener en cuenta que en Alemania el Estado

controla y limita, hasta cierto punto, los efectos nocivos del sistema sobre las personas y

el medio ambiente. ¿Cuál sería la evaluación del daño en países como los nuestros, que

se han creído el cuento del mercado libre y dejan que el dinero se mueva como tigre

suelto? ¿El daño que nos hace, y nos hará, un sistema que nos aturde de necesidades

artificiales para que olvidemos nuestras necesidades reales? ¿Hasta dónde podría

medirse? ¿Pueden medirse las mutilaciones del alma humana? ¿La multiplicación de la

violencia, el envilecimiento de la vida cotidiana?

El Oeste vive la euforia del triunfo. Tras el derrumbamiento del Este, la coartada está

servida: en el Este, era peor. ¿Era peor? Más bien, pienso, habría que preguntarse si era

esencialmente diferente. Al Oeste: el sacrificio de la justicia, en nombre de la libertad, en

los altares de la diosa Productividad. Al Este: el sacrificio de la libertad, en nombre de la

justicia, en los altares de la diosa Productividad.

Al Sur, estamos todavía a tiempo de preguntarnos si esa diosa merece nuestras vidas.

(1991)


Fuente: Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos, Siglo Veintiuno de España Editores,

España, 1992.

 
 
 

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